
¡Pongamos la Palabra de Dios al Centro de nuestra vida familiar!
Es importante este mes de la Biblia, pero es más importante lograr tener a Cristo en el centro de nuestra vida familiar y personal siempre.

Es importante este mes de la Biblia, pero es más importante lograr tener a Cristo en el centro de nuestra vida familiar y personal siempre.

La eternidad de Dios y la inmediatez de nuestro mundo dan lugar a dos lenguajes inconmensurables: nosotros y, sobre todo, la oración.

Repetimos el Padre Nuestro sin darnos cuenta lo importante que es, pues fue Jesús quien nos ha enseñado a llamarle a Dios “Padre”.

Un peligro de quien habla de Dios es no hablar con él. Para hablar de Dios primero hay que hablar con él.

La perfección de lo humano es lo cristiano, debido a que Jesús es perfecto hombre y perfecto Dios, modelo acabado de toda perfección humana.

En la oración, es Dios quien nos debe convertir, no somos nosotros los que debemos convertir a Dios.

Cada momento de la vida de Jesús y cada página del Evangelio pueden ser para nosotros objeto de meditación y lugar de encuentro con el Señor.

No podemos ver a Dios con los ojos físicos, pero por todas partes advertimos su presencia y su acción.

La oración se convierte en palabra, canto, poesía que dirigimos a Dios o a la Virgen.

La vida de la fe se aprende con la vivencia cotidiana, ya que no es una ciencia, es fe.

En el pasado, la Cuaresma era el inicio de 40 días de ayuno, penitencia y oración.

Jesucristo mismo instituyó los sacramentos para unirse amorosamente con nosotros en la liturgia.