El papel de la debilidad

Papel de la debilidad

José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad.

En su reciente carta “Patris corde” sobre san José, Francisco aborda un buen número de sugestivos temas. Pero uno particularmente interesante y oportuno, es su modo de presentar nuestras debilidades desde la óptica de la ternura divina. Su sobria prosa espiritual, que tiene el mérito de ser breve, nos redescubre una nueva forma de ver, marcadamente esperanzadora, nuestras debilidades, errores y fracasos. Transfigura de esta forma las páginas más oscuras de nuestra vida, para contemplarlas en una perspectiva de luz y de sentido.

“La historia de la salvación se cumple… a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad… debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con inmensa ternura”. Aceptar nuestras limitaciones y nuestros errores, mirándolos con ternura, la ternura de Dios, nos ayuda a encontrarles un sentido y un papel, en nuestra vida y en la historia de la salvación.

¿No nos ha sucedido alguna vez que la angustiosa pregunta “por qué” nos atormenta? ¿Por qué lo ha permitido Dios?, ¿por qué me pasó a mí?, ¿por qué lo hice? Francisco nos invita a aceptar nuestra realidad, por dolorosa que parezca, a ponerla en las manos de Dios y a confiar: “Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones… Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo”.

Se trata de aceptar el hecho de que Dios, como buen alquimista, puede obtener bien a partir del mal, luz de la oscuridad, aprendiendo así a mirar “el reflejo de lo oscuro”. “El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador. Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios especialmente en el sacramento de la Reconciliación”. La humilde confesión de nuestras faltas nos libera de ellas, al tiempo que nos conforta, mostrándonos cómo la vida sigue y cómo Dios puede apoyarse en nosotros, incluso cuando estamos caídos.

En efecto, la verdad de nuestra vida, con toda su crudeza y sus limitaciones, es tomada por Dios con inmensa ternura. En vez de “decirnos nuestras verdades” –como se dice popularmente–, nos reconstituye a partir de ellas. “La Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona… viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros”. No es una verdad a la que debamos tener miedo, de la que debamos huir, pues al ser mirada con caridad, al ser perdonada y comprendida, nos une más íntimamente con Dios y nos hace más comprensivos con nuestros semejantes.

La confianza que tenemos puesta en Dios no está entonces tanto en pensar “que todo va a salir bien” o “que no habrá problemas”, sino en que a pesar de los tropiezos saldremos adelante y podremos servir a Dios y a los demás: “José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”. José nos enseña a no ser controladores, a no ser obsesivos, a confiar en la omnipotencia de Dios, que puede sacar cosas buenas, incluso mejores, de nuestras flaquezas.

 

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