La fe católica ha permanecido viva gracias a la acción del Espíritu Santo y a que se transmite de persona a persona, de familia a familia y de generación a generación, logrando así una sociedad con fe, a pesar de haber sido perseguida y de que muchos quieren acabar con ella.
En la actualidad, a pesar de lo que muchos creen, la fe aún es perseguida, aunque de formas diversas, unas más notorias y otras más sutiles; hoy muchos creyentes sufren rechazo, indiferencia, burlas o presiones para vivir su fe en privado.
Este hecho nos da la oportunidad de dar un testimonio sereno, coherente y lleno de esperanza como personas y como familia, que fortalecen y edifican a la sociedad, por eso aquí te dejo mis 5Tips para lograrlo.
Primero. Haz de tu hogar una pequeña Iglesia doméstica.
La familia es el primer lugar donde se aprende a conocer y a amar a Dios, por eso San Juan Pablo II, en su carta a las familias le llama la Iglesia doméstica.
Siempre es bueno que nuestra casa esté ambientada adecuadamente para vivir nuestra fe; rezar juntos, leer el Evangelio, participar en la Eucaristía dominical y celebrar las fiestas litúrgicas en casa ayuda a que la fe deje de ser una costumbre y se convierta en un estilo de vida.
Cuando los hijos ven que nosotros vivimos cotidianamente nuestra fe y que ésta le da sentido a las decisiones, fortalece el matrimonio y ayuda a enfrentar las dificultades, comprenden que seguir a Cristo es una fuente de alegría y no una simple obligación.
Segundo. Vive la fe con coherencia y alegría.
El testimonio convence más que cualquier discurso. Una vida marcada por la honestidad, el perdón, la solidaridad, la esperanza y el amor, habla de Cristo incluso cuando no se pronuncia su nombre. Siempre es mejor llevar a la vida lo que Cristo nos enseñó, que hablar de ello.
En los días que nos han tocado vivir, también es bueno que todos sepamos cómo actuar frente a las críticas o a la incomprensión, respondiendo con respeto, paciencia y claridad, reflejando el Evangelio y mostrando que la verdadera fortaleza del cristiano nace del amor que Dios nos ha tenido muriendo por nosotros en la cruz y resucitando.
Y si es necesario defender la fe, enseñemos a nuestros hijos con nuestro ejemplo, sin temor, pero sin rencor; con valentía y con humildad y respeto.
Cada familia católica está llamada a ser una luz en medio del mundo: un hogar donde Cristo sea conocido, amado y compartido.
Tercero. La formación es básica para responder con serenidad.
Nadie ama lo que no conoce y nadie transmite lo que no ama. Conocer la Sagrada Escritura, el catecismo, el magisterio y las enseñanzas de la Iglesia nos permite dialogar con respeto y serenidad y responder a las dudas que nos plantean sin caer en discusiones estériles o que sólo dan vueltas en necedades.
La formación fortalece la confianza, evita que la fe se reduzca a opiniones y ayuda a explicar con claridad las razones de nuestra esperanza. Nunca terminamos de conocer a Dios y su amor.
Cuarto. Educa a tus hijos para amar la verdad.
Los niños necesitan aprender que seguir a Cristo puede implicar ir contracorriente. Y enseñarles a defender sus convicciones con firmeza, humildad y respeto.
Una fe madura no se sostiene por miedo ni por imposición, sino por el encuentro personal con Jesús y por la convicción de que el amor siempre es el mejor camino.
Vivir en familia la fe y aprender en familia cada vez más de la vida de Jesús ayuda a que sea un estilo de vida familiar.
Y quinto. No vivan la fe en soledad.
Participar activamente en la comunidad parroquial, en grupos de formación, obras de servicio y espacios de evangelización fortalece la vida espiritual personal y familiar y crea redes de apoyo entre familias.
Cuando caminamos juntos, en sinodalidad, animándonos mutuamente, transmitiendo la fe con mayor fuerza a las nuevas generaciones y contribuyendo al bien común de la sociedad mediante el servicio, la justicia y la caridad, es más fácil.
La historia de la Iglesia nos muestra que la fe no permanece viva por la ausencia de dificultades, sino por la fidelidad de quienes la viven con amor.
Cuando educamos a nuestros hijos con el ejemplo, la oración y la vivencia de la esperanza, no solo fortalecemos nuestra familia, sino que también sembramos en la sociedad semillas de fe, verdad, paz y fraternidad que pueden dar fruto durante generaciones y nuestra Iglesia doméstica se fortalecerá cada vez más.
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