
Virtudes y vicios (I). Discernir las tentaciones
La tentación diabólica hace creer que Dios no es bueno y se le echa la culpa de las guerras, las muertes de inocentes, etc.

La tentación diabólica hace creer que Dios no es bueno y se le echa la culpa de las guerras, las muertes de inocentes, etc.

Debemos tener conciencia de que no todo lo que está de moda es bueno, ni todo lo que pocos hacen está mal.

La respuesta al problema del mal, que no deja de tener algo misterioso y superior a nuestra razón, no es filosófica, sino teológica.

Dios es paciente con nuestras faltas porque espera nuestra conversión. Ello nos da mucha esperanza.

Los males en el mundo no los puede erradicar Dios de un solo tajo, pues con esto mucho bien del que hoy tenemos se acabaría.

Cuando Jesús nos enseñó el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo, que indica un ser personal que nos acosa.

San Pablo pone en evidencia el vínculo estrecho entre la fe y la esperanza. Él afirma que Abraham «creyó, esperando contra toda esperanza».

El Papa Francisco, el rezo del Ángelus, le dice a los fieles que la represalia no lleva jamás a una solución del conflicto y que el mal lleva siempre a otro mal.
San Agustín, desde que leyó a Cicerón, a los 19 años de edad, empezó su búsqueda por la verdad. Ojalá, como Agustín, nosotros busquemos la verdad.

La caridad no sólo tolera algunas cosas molestas, sino que es más amplia: Es amar a pesar de todo, aun cuando todo el contexto invite a no amar.

Decía el escritor ruso León Tolstoi: “Sólo hay una manera de poner término al mal, y es el devolver bien por mal”.