
Un tesoro a cuidar. Por una familia unida
La Iglesia es la sociedad más grandiosa que hay en el mundo. Pero no se la puede juzgar por los malos frutos caídos debido a su infidelidad a la Iglesia.

La Iglesia es la sociedad más grandiosa que hay en el mundo. Pero no se la puede juzgar por los malos frutos caídos debido a su infidelidad a la Iglesia.

Porque ¡Dios es amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su pedagogía, con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz… nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre: ¡Dios es amor!

En cada familia se ha de poder descubrir el amor de Dios, pues ahí cada miembro es amado por quien es, no por sus logros.

La familia es el lugar donde aprendemos a amar y a tratarnos como hijos de Dios por lo que nosotros como papás debemos enseñarles a nuestros hijos cómo se hace.

Como peregrinos de esperanza, dice el Papa León XIV, los cristianos estamos llamados a implicarnos en el mundo, “buscando a Dios con nuestra mente, nuestro corazón y nuestras obras, y reconociendo su presencia en los diferentes acontecimientos de la vida cotidiana”.

Los grandes directores dan voz a los sentimientos complejos y a veces oscuros que habitan el corazón humano; ayudan a reencontrarse consigo mismo, a mirar con nuevos ojos la complejidad de su propia experiencia y al mundo.

Hoy en día la hospitalidad monástica benedictina permanece como signo de la Iglesia que abre las puertas, que acoge sin preguntar, que cura sin exigir nada a cambio.

El perdón libera a quien lo ofrece, pues disuelve el resentimiento, devuelve la paz, aunque el otro no lo acoja.

Con el Rosario en la mano y con el corazón en el cielo, Dios nos escucha y nos cuida con su amor.

El papa nos invita a sentir en el corazón lo mismo que vivieron ellos: Su amor por Jesucristo, sobre todo en la Eucaristía, y también en los demás, especialmente en los pobres.

Dios nunca nos falla ni se escandaliza de nuestras faltas, ni nos abandona.

Un criterio para saber si es auténtica la amistad, será ver si es según Jesucristo, es decir, con verdad, amor y respeto.