La santidad no se vive en un convento lejano ni en circunstancias ideales, sino en medio del caos cotidiano, entre pañales, carreras, llamadas de trabajo, loncheras, la lavadora que nunca se vacía sola, largos recorridos para llegar de un lugar a otro o haciendo cuentas para hacer que el dinero alcance.
La santidad de hoy no requiere hacer cosas extraordinarias, sino hacer lo ordinario con un amor extraordinario, por eso aquí te dejo mis 5 tips para vivir la santidad en nuestro día a día.
Primero. Santifica el ruido y el caos. ¡Ofrece tus pendientes!
Cuando la casa está patas arriba, los niños gritan, los trastes nos invaden, la ropa parece que tiene vida propia o el tráfico no avanza, es muy fácil perder la paciencia, pero ese preciso momento de estrés puede ser perfecto para ofrecerlo todo y tratar de hacelo con amor.
Esto puede cambiarlo todo ya que si lo tratamos de hacer desde el amor, podemos ver las cosas diferentes, darnos un respiro y evitar caer en caos. Podemos hacernos un tiempo para ofrecer lo que vamos haciendo momento a momento y también nuestras reacciones.
En lugar de suspirar con frustración, podemos hacer una pequeña pausa y decir mentalmente: “Señor, te ofrezco este caos por la conversión de…” o “Esto va por mis pendientes del día”, así podemos convertir cada imprevisto y cada pequeña contrariedad en una ofrenda de amor.
¡Dios no quiere perfección estéril, quiere corazones entregados en la realidad!
Segundo. Haz “paradas técnicas” con el Espíritu Santo a lo largo del día.
La oración es vital para que nuestra vida vaya por el rumbo que Dios quiere y para esto no necesitamos pasar horas de rodillas en una capilla silenciosa. ¡Ojalá pudiéramos, pero la vida corre!
La oración es mucho más que eso, podemos ofrecer nuestro trabajo, podemos hacer pequeñas oraciones, jaculatorias y susurros al cielo a lo largo del día.
Yo sé que es muy difícil acordarse de hacer oración en medio del caos cotidiano pero podemos poner una alarma en el celular que nos recuerde hacer oración, o aprovechar cada traslado, es decir, cuando nos subimos al coche, antes de abrir una puerta, cuando nos lavamos las manos o en un alto cuando vamos manejando para decirle: “Espíritu Santo, ven”, o “Jesús en Ti confío”.
Esos pequeños segundos de dialgo con Dios renuevan nuestra forma de ver las cosas y nos devuelven la paz para seguir adelante.
Nuestro ejemplo es básico para que nuestros hijos sepan como reaccionar ante las situaciones cotidianas.
Tercero. El amor se demuestra en los detalles invisibles.
La caridad comienza en casa. A veces queremos convertir al mundo entero, pero nos cuesta ser amables con la persona que vive bajo nuestro mismo techo o con el compañero de trabajo más difícil.
La verdadera santidad también empieza en casa. En este mes podemos buscar llevar a cabo actos de servicio “invisible”: poniendo un recado bonito a tus hijos y esposo en su lonchera, lavar los trastes que no te tocaban, escuchar con paciencia a tu esposo o a tus hijos sin mirar el celular, o ceder el paso con una sonrisa.
Amar en lo pequeño y cotidiano es lo que le da sabor a la vida cristiana.
Cuarto. Cuida tu “tanque espiritual”. Nadie da lo que no tiene.
Jesús nos lo dice claramente en el Evangelio. No podemos transmitir paz, alegría ni paciencia si estamos física y espiritualmente agotado.
Es muy importante cuidar nuestra alma y nuestro cuerpo para poder cuidar a los demás por eso es muy necesario hacernos el propósito de tener un espacio innegociable con Dios.
¿Cómo es eso? Podemos dedicarle aunque sean 10 o 15 minutos al día, en la madrugada antes de que todos despierten, o en la noche en silencio. Podemos leer un salmo, meditar el Evangelio del día o simplemente hacer una oración que salga del corazón y que nos permita descansar en su presencia.
Nuestra familia y los que nos rodean notarán la diferencia cuando estamos bien con Dios y les ayudará a buscar ellos también momentos de oración.
Y quinto. Si nos caemos, nos levantamos de la mano de Dios.
Debemos estar concientes de que en nuestro día a día, aunque busquemos la santidad, nos tropezamos, nos enojamos, perdemos la paciencia y caemos todos los días.
La santidad no es no caer nunca, es levantarse con más confianza en la misericordia de Dios y tener el firme propósito de hacer mejor las cosas cada día, buscar hacer la voluntad de Dios, aunque no vaya tan de acuerdo con lo que el mundo nos dice.
Lo importante es tener una actitud humilde. Cuando nos equivoquemos y nos enojemos por algo sin importancia o no tengamos la suficiente paciencia y caridad para escuchar a quien nos lo pide, no nos ahoguemos en la culpa ni en el perfeccionismo.
En necesario que estemos siempre dispuestos a pedir perdón rápido a quien hayamos lastimado, acudir al sacramento de la Reconciliación con frecuencia y aprender a dialogar con a Jesús: “Señor, otra vez me equivoqué, ayúdame a empezar de nuevo”. ¡Con una sonrisa y confianza infinita en su amor!
Y debemos recordar que la alegría es el distintivo del católico. Si confiamos solo en nuestras fuerzas seguro que nos vamos a tropezar pero si confiamos en que Dios va haciendo su obra en cada uno de nosotros, seguro que podremos salir adelante un día a la vez.
Con esto estamos trabajando también por la santidad de nuestra familia.
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