El amor no se acaba, se abandona

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El verdadero amor no “se acaba”, se abandona, se destruye, no es un acabarse inherente al amor, sino un resultado de lo que sobre ese amor hacemos o dejamos de hacer.

Relaciones de años, de matrimonio caído en la rutina, o de alejamiento familiar (o hasta de amistad sincera), hacen pensar a muchos que el amor se acaba, que se pierde con el tiempo, y, es más, que ese es un proceso normal e irreversible, pero no, no lo es. El amor no se acaba, fue abandonado y se llega a destruirlo.

Tomemos un punto de referencia. Salvo el endurecimiento de un corazón, el amor por los hijos nunca se acaba, ni disminuye con el tiempo. Los hijos crecen, y del amor paterno-materno vivido en su cuidado, guía, educación y proporción de todo lo que necesitan en la vida, ellos crecen, empiezan a tener su propia actividad, sus amistades, sus intereses. Y luego se van, “hacen su vida”, se casan, se concentran en su propia familia, sus amigos, su trabajo, y hasta su distancia domiciliaria afecta. Pero el amor de sus padres nunca se acaba, y hasta se enriquece con los nietos. Hay una lección aquí, para el amor de pareja.

El amor de pareja, ese que lleva a la vida en común matrimonial, inicia con el cortejo, con el enamoramiento, con un gran esfuerzo de impresionar bien al otro. Pero no siempre es amor, veamos la diferencia. Esto es muy importante. Lo que pasa es que se confunde el interés, el atractivo femenino o masculino, la personalidad, y en especial el atractivo sexual con el amor. Para ponerme un nombre diferente de “enamoramiento”, digámoslo “encanto” por otra persona. Y este encanto, sí se puede desgastar, se puede acabar por diversas razones. Pero, insisto, no es amor. Y en general, en ese encanto es mayor el interés de poseer a la persona pretendida, que el de desear darle felicidad y bienestar: “quiero que sea para mí”.

El amor de pareja va mucho más allá del atractivo de la otra persona, es un interés especial, en el cual esa otra persona, y su bienestar y felicidad son más importantes que lo propio. Y por eso el ejemplo del amor a los hijos es útil: un buen padre tiene un mayor interés en sus hijos que en sí mismo.

El verdadero amor no “se acaba”, se abandona, se destruye, no es un acabarse inherente al amor, sino un resultado de lo que sobre ese amor hacemos o dejamos de hacer. El mal manejo de los conflictos (propios de toda relación humana), las crisis vividas, los celos, los arranques temperamentales, en los cuales se desea imponerse a como dé lugar sobre el otro, el ser amado, van diluyendo el amor, acabándolo y llegan a destruirlo. Pero, hay que insistir, que son las acciones y omisiones las que lo acaban. El acabarse el amor no es un proceso fatal de una relación de amor.

Cuando el interés en otra persona, el encanto se convierte en verdadero amor, se inicia en cortejos, en interés manifiesto del bien de la persona pretendida, pero si dicho trato se va dejando en el olvido, el amor se va abandonando. Por eso, para mantener viva “la llama del amor”, se precisa un constante esfuerzo de procurar ese bien del ser amado. Recuerdo una pareja mayor (70-75 años) que se trataba con permanente esfuerzo de seducir en todo aspecto a la otra persona. Su trato era amoroso y hasta muy elegante, y así, en una conversación nos dijo el señor que “tras cuarenta y cinco años de casados, puedo decirles que el matrimonio no es tan malo”, y ambos rieron y se tomaron de la mano.

No, el amor no se acaba, lo que sí se acaba o puede acabarse con el trato permanente, el cambio mental o espiritual (y hasta el físico) de las personas, la rutina y las dificultades vividas, es ese encanto original que confundimos con amor, porque sus causas se van esfumando.

El amor es una vivencia de la virtud teologal de la caridad (término, por cierto, muy mal entendido la mayoría de las veces). El amor se destruye cuando no lo conservamos en la vida diaria, con nuestras acciones y evitando las omisiones que el propio amor no merece; el amor se mantiene por nuestras mutuas conductas. Cuando el amor se basa en el del Señor Dios, el amor permanece para trascender a la muerte. Amemos así.

 

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