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Caminemos juntos como discípulos y misioneros

El mensaje detrás de las canonizaciones

ROMA.- Roma capital, estamos a cuatro días de uno de los eventos inéditos más relevante de la historia de la Iglesia católica: la canonización de dos Papas (Juan XXIII y Juan Pablo II), con la presencia en vida de otros dos Papas (Benedicto XVI y Francisco).

La ciudad se prepara para el recibimiento de cientos de miles de peregrinos. Las autoridades de la capital italiana, en voz de Maurizio Pucci, responsable de la planificación y coordinación de eventos especiales, aún no tienen claro el número de peregrinos que llegarán los próximos días a la Ciudad Eterna, estimando incluso hasta siete millones de personas, con lo cual, seguramente, la ciudad colapsará.

Y es que no es para menos, ya que esta canonización representa para la Iglesia de todo el mundo un evento de gran interés y simpatía por parte de católicos que abarca a todas las generaciones presentes de esta época. Los ancianos que conocieron al Papa Roncalli, la llamada generación Juan Pablo II de jóvenes adultos, y definitivamente los jóvenes que participaron activamente en la última Jornada Mundial de la Juventud y que cada día se identifican más con Francisco y a la vez tienen cerca el testimonio del Papa Wojtyla.

Hemos leído, escuchado y visto testimoniales de la vida y obra de los próximos santos a quienes une, entre otras cosas, el haber sido declarados “santo súbito” por los católicos que presenciaron su muerte, hecho que nos indica que su paso por este mundo dejó ya una huella indeleble, a través de su testimonio de vida y obras particulares.

Este hecho representa para la Iglesia católica toda una época de grandes e importantes cambios. El Papa Juan XXIII, en voz del Papa Francisco, fue el hombre que abrió las puertas de la Iglesia al convocar al Concilio Vaticano II, mismo que no pudo concluir debido a su muerte. De la misma forma, el Papa Bergoglio resalta la vocación misionera del Papa Juan Pablo II, quien fue al encuentro con personas de los lugares más alejados del planeta en donde la Iglesia tiene presencia.

El Papa Francisco representa una síntesis viva y testimonial de los principios que emanan del Concilio Vaticano II y de las enseñanzas de todos sus predecesores, en particular de estos dos grandes nuevos santos.

Hoy, a pesar de todas las dificultades que ha tenido la Iglesia y que asumió en toda su plenitud y toda su fuerza el Papa Benedicto XVI, se respira en la misma un ambiente renovado, un mensaje de esperanza que día a día es más retador para quienes confiesan esta fe católica.

Estas enseñanzas se han convertido hoy en una exigencia urgente para que no sólo se difundan ideas, sino que se dé un testimonio de vida, el cual, en voz del Papa Francisco, implica “abrir nuestras puertas” como lo hizo el Papa Juan XXIII y “salir al encuentro con espíritu misionero” como lo vivió el Papa Juan Pablo II.

Esto ha de vivirse, como lo ha dicho el Papa Bergoglio, solidariamente y fuera de la zona de confort, ayudando de manera concreta, sobre todo, a los más necesitados, a los que están en las “periferias existenciales”, los pobres, ancianos, los niños, los jóvenes sin trabajo.

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