El dolor o la nada

Nihilismo

Estamos ante el rechazo a la verdad, difícilmente será bien recibida por las personas y esto crea un vacío existencial, que se llama nihilismo. 


“Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor”.

 William Faulkner. 

Parece que con el tiempo las prioridades han cambiado y nos quedamos con la nada. El nihilismo es eso, el empoderamiento de la nada, el vacío existencial, la negación del sentido, de la objetividad, de la verdad. Todo este collage parece formar parte del cuadro relativista de nuestra cultura y sociedad. De ahí el vacío y la desesperación, de ahí –entre otros muchos factores– el despegue del suicidio, sobre todo juvenil, de la ansiedad y los antidepresivos. Nos estamos llenando de nada, en vez de saciarnos con la verdad.

¿Por qué esa inversión de prioridades?, ¿por qué ese diagnóstico pesimista y desencantado de la sociedad y la cultura? No es mi intención ser profeta de malaventuras, ave de mal agüero, cronista de desgracias, pero tengo ojos en la cara, y la crítica constructiva siempre ha sido necesaria para despertar conciencias aletargadas. Obviamente hay muchísimos elementos positivos en nuestra civilización, como pueden ser la valoración del individuo, el despertar de la afectividad, la sensibilidad por la naturaleza, una solidaridad que se extiende, más allá del ámbito humano, a todos los seres vivos. Todo ello es encomiable, qué duda cabe. Pero ninguna época es perfecta, nunca terminamos de alcanzar la plenitud humana, ninguna generación puede dormirse en sus laureles y cantar victoria; cada día –por el contrario– debemos reconquistar nuestra dignidad y nuestros derechos.

En medio de ese coro positivo existen también notables ausencias, dramáticas carencias. La verdad no ha sido invitada a la fiesta, ya no es bienvenida en casa, se le considera dogmática, impositiva y violenta. Pero sin ella somos fácilmente víctimas de la manipulación y el vacío. Aunada a esta carencia, consecuencia lógica de ella, se encuentra la falta de ideales, por considerarse, valga la redundancia, idealistas utópicos quienes los poseen. Serían una falta de realismo, no darse cuenta de en qué sociedad vivimos, de nuestro entorno cultural, donde el único principio fundamental es: “Vive y deja vivir”. No te compliques la vida, no traigas a colación trasnochados problemas metafísicos.

¿Qué característica tiene un ideal? Fundamentalmente que “vale la pena”. Es decir, se trata de una realidad que merita esfuerzo, sacrificio y, consiguientemente, dolor. Cuando alguien posee un ideal, está dispuesto a sacrificarse por él, a un cúmulo de renuncias, las cuales no lo vuelven infeliz, sino que, por el contrario, colman su vida, le otorgan una sensación de plenitud y felicidad que la mera satisfacción de necesidades no puede alcanzar. Un ideal puede ser correr un maratón, cursar una carrera, aprender un idioma, mantenerse en buena forma física. Si el ideal se agranda, rebaso el estrecho marco de mi propio yo y descubro la posibilidad en influir positivamente en mi entorno, en los demás. Mi ideal se agranda entonces si beneficia al medio ambiente, a los animales o, mejor aún, me lleva a formar una familia o a luchar por una justa causa social.

El problema es que la sociedad ofrece una gran cantidad de analgésicos de ideales. Es decir, realidades que pueden aletargar, anestesiar e incluso eliminar la capacidad de alcanzarlos. Se trata, sencillamente, de que nos volvamos sujetos pasivos de consumo: la oferta de series, la adicción a redes sociales, el estar todo el día viendo y subiendo memes pueden consumir nuestra vida sin que nos demos cuenta, sumiéndola en la nada, en un cúmulo de momentos agradables carentes de sentido.

El ideal, para ser auténtico, supone sacrificio. El sacrificio expresa en qué medida estoy dispuesto a sufrir por algo valioso. El drama se desata cuando no se consideró que exista nada por lo que valga la pena sacrificar la vida; es decir, no hay nada por lo que valga la pena vivir. Se puede huir de esa consideración buscando una sucesión infinita de placeres y satisfacciones sensibles; la sociedad me ofrece tantos que mil vidas no alcanzarían para experimentarlos. Pero llega el momento en que eso cansa, en que uno se pone a pensar, en que se plantea la pregunta sobre si la propia vida vale la pena. Cuando el umbral del ideal es muy bajo: mantener un buen cuerpo o cuidar a los animales, tarde o temprano nos damos cuenta de que nos queda pequeño, y es fácil deslizarse por la pendiente del nihilismo y del vacío. Por ejemplo, cuando no vale la pena el esfuerzo de traer una vida al mundo, no resulta apetecible ser madre o padre, quiere decir quizá que estamos quedando presos de nuestra individualidad, y que de facto estamos eligiendo la nada vacía en vez del dolor significativo.

 

 

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