Divorciado y ¿santo?

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Cuando alguien pone con sinceridad todos los medios para salvar su matrimonio y aun así se rompe, está dando un valiosísimo testimonio del valor del sacramento.

Sí, aunque parezca una paradoja, es posible, más incluso, es deseable que algún divorciado sea canonizado. ¿Cómo así? Los santos son modelos para las personas de cada época. Por eso san Juan Pablo II agilizó los procesos de canonización, para ofrecer ejemplos relevantes a los hombres de nuestro tiempo. Y, tristemente, nuestro tiempo se caracteriza por la frecuencia de las rupturas matrimoniales, lo cual es una auténtica tragedia. Pero, en medio de esa dolorosa situación, una de las partes puede permanecer fiel al vínculo matrimonial. Porque le da valor a su promesa, porque sabe que fue hecha ante Dios, y porque descubre en ella una forma de fidelidad a Dios, a su cónyuge y a sí mismo.

No es infrecuente escuchar historias como la siguiente: “ya no quiero seguir contigo, no siento nada por ti, para qué continuar simulando, lo mejor es que esto termine cuanto antes”. Palabras más, palabras menos, pero con frecuencia la ruptura familiar es unilateral. Es decir, que sea sólo una de las partes la que quiere terminar el compromiso, siendo afectada la otra, que lucha decididamente por su permanencia o restablecimiento. Es decir, hay una parte que se esfuerza por permanecer fiel al vínculo y a la promesa, mientras que la otra se empeña en terminarla de una vez.

En estos casos, si la determinación de la parte rompiente es suficiente, se termina por destruir el matrimonio. Pasa con frecuencia. La otra parte se encuentra con cinco, diez, treinta años de su vida compartidos con alguien que ahora lo abandona. No es una situación fácil; por el contrario, es muy dolorosa, pues se había proyectado una vida en común, quizá haya hijos de por medio, los cuales muchas ocasiones son los más afectados. Luego viene el dolor, también común, de ver a la esposa o al esposo todavía amados, conviviendo con otra persona. A veces el padre tiene que soportar ver cómo su hijo o sus hijos conviven con la nueva pareja de su esposa y él sólo puede disfrutarlos el fin de semana y con horario restringido. El dolor en estas situaciones es inmenso.

A ese dolor se unen los consejos de los “amigos” y familiares: “deberías rehacer tu vida”, “todavía estás joven, puedes conseguirte una nueva pareja”. Cuando ante ese dolor y esas propuestas fáciles, permanece la determinación firme del interesado de permanecer fiel al compromiso que un día adquirió cara a Dios y a su cónyuge, aunque su cónyuge no lo haya honrado, nos encontramos ante un ejemplo de heroicidad cristiana, ante un testigo del valor del matrimonio cristiano o, como podría denominárseles, ante un “mártir del matrimonio”. Por esa fidelidad a toda prueba, que se puede dar únicamente cara a Dios y con su ayuda, se puede afirmar, sin temor a exagerar, que esa persona es santa o va por caminos de santidad.

Cuando alguien pone con sinceridad todos los medios para salvar su matrimonio y aun así se rompe, y cuando a pesar de la ruptura decide libremente permanecer fiel al compromiso, es decir, no se busca una nueva pareja, está dando un valiosísimo testimonio del valor del sacramento. La Iglesia no puede sino prestarle un particular apoyo y sostenimiento para su difícil situación, al tiempo que reconoce su heroísmo, pues se trata de vivir el celibato sin tener vocación para ello.

Como Iglesia tenemos el enorme desafío de ofrecer sostén espiritual, amical y afectivo a quienes pasan por esa dolorosa situación. No es sencillo, pues muchas veces las estructuras eclesiásticas pecan de impersonales. Depende del celo del sacerdote el saber detectar esos casos y buscar un cauce de apoyo, una estructura eclesial que les de sostén, pues se encuentran habitualmente en una situación de difícil heroicidad.

Pero, además, la Iglesia debería proponer a algunas personas que hayan tenido que sufrir esa dolorosa situación, como modelo para todos los cristianos y testigos del valor del matrimonio, de la palabra dada y los compromisos adquiridos. Por ello, es urgente que detectando los casos más ejemplares al respecto, quienes hayan mantenido su promesa hasta el final de su vida, sean reconocidos públicamente como santos. Eso daría una bocanada de aliento y una luz de esperanza, una clave de sentido y significado a quienes pasan por la dolorosa separación involuntaria. La ruptura también puede conducir a Dios.

 

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