La sombra del padre

Generación frágil

La paternidad debe flexibilizarse y ser capaz de asumir también los roles que antiguamente eran feudo exclusivo de la mujer.

La naturaleza, en sentido filosófico, no biológico, es muy clara. El ser humano es “hijo”, necesita de un “padre” para encontrar su lugar en el mundo, para descubrir y desarrollar su propia identidad. La cultura, sin embargo, le ha hecho muy mala fama a la paternidad. La narrativa del “heteropratriarcado”, unida a una visión de dureza, rigidez e imposición, por un lado, no le permiten desarrollar su misión con el sano orgullo que merece. Unido a ello está el triste fenómeno del abandono del hogar y las rupturas familiares, que han producido una generación de huérfanos de padres; no podemos extrañarnos de que esa generación sea muy frágil: al faltarle el padre, carece del punto firme de apoyo, desde el cual proyectar la propia existencia.

Por eso es conveniente celebrar el “Día del Padre”, que con facilidad pasa desapercibido. Dista mucho de ser la “primavera comercial” del “Día de la Madre”, y por ello atrae menos los reflectores. Pero cuando se han cargado las tintas, ofreciendo una visión negativa de la paternidad, muchas veces motivada por su ausencia, es urgente otorgarle el reconocimiento debido. Si no, con más facilidad se caerá en el fenómeno de ir dejando hijos regados por ahí, sin la cercanía, el apoyo y la seguridad que ofrece la figura paterna.

Urge, en consecuencia, hacerle un buen marketing a la paternidad, y no sólo para obtener pingües beneficios el “Día del Padre”, sino para que más personas aspiren a ella y la vean como una de las formas más sublimes de realización personal. El tema de la realización suele ser también otro obstáculo, porque se considera solo desde la esfera profesional, la cual, siendo importante, no es sino una faceta a más a integrar dentro del conjunto de bienes que corresponden a la vida lograda. A veces las personas retrasan o de plano rechazan la paternidad por motivos profesionales: “si no voy a poder dedicarle tiempo, ¿para qué tengo un hijo?” Cuando el planteamiento correcto es justo al revés: “si este trabajo no me permite tener familia, ¿es en realidad algo bueno para mí?”

No es banal la precisión, personalmente me llama la atención vivir en una zona donde abundan los perros y escasean los niños. Es más cómodo tener un perro que un niño; abundan también los “paseadores de perros”, porque tampoco pasa mucho si no le dedico tiempo a mi perro, a diferencia de a mi hijo. Pero, obviamente, no son realidades equiparables, y denota una aguda pérdida de humanidad, de captar el sentido de la vida en su conjunto, el preferir a los animales que a las personas por una comodidad no exenta de egoísmo.

Por eso es preciso insistir, incansablemente, en la idea de que una de las formas más elevadas y excelsas del desarrollo humano masculino, de su realización como persona, es traer hijos al mundo. Las personas que se dan esa oportunidad, muchas veces se asombran de la maravilla que supone el que alguien te llame, simple y llanamente, “papá”. Y ello vale más que todos los asensos o los puestos a los que se podría escalar sin ella. Es importante insistir en que la realización familiar es más importante que la profesional; y que muchas veces, con orden y disciplina, no están de hecho contrapunteadas. Ambos bienes, el familiar y el profesional, pueden integrarse en el conjunto de valores que configuran la vida lograda.

La paternidad debe recuperar también su función de autoridad, precisamente para indicar a los niños, con claridad, dónde está el bien y dónde está el mal. El padre es en gran medida el faro de los valores del hijo, particularmente de los valores religiosos. Si mi padre ha practicado la fe, me resultará más sencillo hacerlo a mí también, precisamente porque lo veo como a una autoridad, como un punto de referencia firme.

Otra cuestión es que la paternidad debe flexibilizarse, y ser capaz de asumir también los roles que antiguamente eran feudo exclusivo de la mujer. Debe colaborar en casa, porque la sacan adelante entre los dos, lo mismo que en la educación de los hijos. Esta flexibilización de los roles domésticos es, sin duda, una de las más valiosas aportaciones de la cosmovisión actual, pues obliga a que el padre esté más presente e involucrado en los asuntos del hogar, sacando adelante su familia y realizándose como persona.

 

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