Beber como bestias o ser libres en verdad

Permanecer en Jesús

La libertad no consiste en hacer lo que a uno le venga en gana, o lo que quiera. Consiste más en querer lo que uno hace, en amar lo que hace.

1) Para saber

Hubo un famoso dramaturgo y político inglés del siglo XVIII llamado Richard Sheridan que les dio una lección a sus amigos. Se cuenta que una noche fue a una taberna con algunos. En cuanto llegaron les preguntó: “¿Esta noche, vamos a beber como hombres o como bestias?”. El grupo replicó inmediatamente: “Por supuesto que como hombres”. A lo que Richard comentó: “Entonces nos vamos a poner una borrachera tremenda”. Todos sorprendidos preguntaron cómo era eso. “Es sencillo, contestó, las bestias nunca se emborrachan, nunca beben más de lo que necesitan. Beben lo suficiente y nada más. En cambio el hombre puede elegir si sigue bebiendo más de lo necesario”.

Con la libertad tenemos la posibilidad de autodirigirnos, pero importa mucho hacia donde nos dirigimos, pues de no hacerlo de manera adecuada, la libertad termina por dañarse y nosotros con ella. ¿Hacia dónde debe ir? La libertad debe estar orientada hacia la verdad. La libertad depende esencialmente de la verdad. Sólo de esa manera la libertad se perfecciona y el hombre también. La Verdad por antonomasia la encontramos en Cristo. Por ello, el papa Francisco nos invita a permanecer en la Palabra de Jesús, para ser sus discípulos, pues sólo el discípulo es verdaderamente libre. Quien sigue a Cristo, que es la Verdad, es plenamente libre.

La libertad tiene límites, que no son otra cosa, sino todo aquello que nos perjudica. El pecado es precisamente todo aquello que estropea nuestra libertad y a nosotros. En cambio, cuando escogemos amar el bien, la libertad se perfecciona y nosotros con ella. El bien verdadero siempre nos beneficia.

2) Para pensar

A san Juan Pablo II le gustaba invitar almorzar a diversas personalidades. En una ocasión invitó al obispo auxiliar de Granada, Mons. Martínez, junto con otros. Cuenta el obispo que al final, uno de los prelados preguntó al papa cómo era una jornada de un día cualquiera. Juan Pablo II, cortésmente, les relató con detalle su habitual quehacer, en que estaba ocupado todo el día. Tras oírle, lleno de compasión, el que preguntó dijo: “Pero, Santo Padre, tendrá algún tiempo libre…” Entonces el papa, dejando caer el tenedor del postre con el que jugaba, dijo serio, sin vacilar ni un instante: “No, no. ¡Todo mi tiempo es libre!”.

La libertad no consiste en hacer lo que a uno le venga en gana, o lo que quiera. Consiste más en querer lo que uno hace, en amar lo que hace. Pensemos si sabemos utilizar bien nuestra libertad.

3) Para vivir

Ser discípulo de Cristo es ser un hombre libre, decía el papa, y el discípulo se deja guiar por el Espíritu, que es un Espíritu de Verdad, y no por falsas ideologías. El pontífice subrayó que el Espíritu Santo nos da la libertad. Cuando nos separamos de la verdad, la libertad se pierde. El discípulo es un hombre libre porque permanece en el Señor. Y permanecer en el Señor, ¿qué significa?: Dejarse guiar por el Espíritu Santo.

Por lo tanto, argumentó el pontífice, “si no permaneces en el Señor serás uno que simpatiza con la doctrina, que sigue a Jesús como un hombre que hace mucha beneficencia, que es muy bueno, que tiene valores justos”, pero no un discípulo, y por tanto, no se es plenamente libre.

 

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