La Oración (VIII). Orar con música

Promesa de Dios

David era una persona sensible que amaba la música, la poesía y el canto, y las volvía oración: en un himno de alegría, en un lamento o para confesar su pecado.

1) Para saber

Hay una población en Italia de nombre muy breve, se llama Lu. A fines del siglo XIX no había ningún sacerdote oriundo de ese pueblo, donde vivían cerca de cuatro mil habitantes. Un día se reunieron ocho mujeres piadosas y se dijeron “Con la oración lo podemos todo: Vamos a pedir al Señor, todos los días, un sacerdote hijo de nuestro pueblo”. Y comenzaron a rezar todos los días. Durante once años rezaron sin ver fruto, pero seguían rezando Después de esos once años llegó la primera vocación. Y siguieron rezando con mucha fe. Y en los siguientes cincuenta años salieron de aquel pequeño pueblo quinientas vocaciones de sacerdotes, religiosos y religiosas. La eficacia de la oración viene avalada por la promesa de Jesús: “Pedid y se os dará” (Mt 7,7).

El papa Francisco, en su reflexión sobre la oración, quiso tomar como ejemplo al rey David. Recordó que a Jesús se le nombra “hijo de David”, al ser su descendiente. David era una persona sensible que amaba la música, la poesía y el canto, y las volvía oración: en un himno de alegría, en un lamento o para confesar su pecado. A él se le atribuyen varios salmos de la Biblia, que son oración a Dios.

2) Para pensar

En un reportaje que atrajo mucha atención en Irlanda y Estados Unidos, se transmitió la historia de Niall McDonag, un exfutbolista que recibió el llamado al sacerdocio tras una lesión deportiva, y por otros eventos trágicos que marcaron su vida.

Contaba Niall: “Mi prioridad número uno en la vida en ese momento era el deporte y de ahí solía obtener toda mi felicidad. En aquel tiempo era una persona muy superficial que vivía atrapada en su apariencia. Recuerdo que después de que me lesioné jugando al futbol, el cirujano me dijo: ‘Mira Niall, en el peor de los casos, tendremos que amputarte la pierna’. Fue como un cuchillo para el corazón… Eso me hizo volver a mirar hacia Dios en busca de misericordia”.

Además, tenía pocos meses de que su padre, su hermano y un primo habían fallecido. Su hermano había dejado una Biblia y comenzó a leerla. Así comenzó a tener relación con Dios. Se dijo: “No puedo cambiar mis circunstancias, pero me veo obligado a cambiar yo mismo”. Dejó su trabajo en Dublín y se mudó a Nueva York para ingresar al seminario. Ahí se ofreció como voluntario en la atención de indigentes y drogadictos.

Pensemos si sabemos aprovechar las circunstancias para fomentar nuestra relación con Dios.

3) Para vivir

El rey David no fue un hombre perfecto, sin embargo alcanzó la santidad. Su vida tiene luces y sombras, pero su amor a Dios le llevó a no abandonar su oración y rectificar cuando se desviaba. David santo, reza y David pecador, reza. Sea con tonos de júbilo o de lamento. Comenta el papa Francisco que también nosotros tenemos trazos opuestos, pero, como el rey David, nuestras vidas han de tener un hilo conductor que dé unidad a todo: la oración. David nos enseña a poner todo en el diálogo con Dios: tanto la alegría como la culpa, el amor como el sufrimiento, la amistad o una enfermedad.

David es noble porque reza, pues la oración da nobleza. La nobleza de la oración nos deja en las manos de Dios. Esas manos plagadas de amor: las únicas manos seguras que tenemos.


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