Consagrar nuestros pueblos a María de Guadalupe (Parte II de III)

Protección de Guadalupe

Al hablar a san Juan Diego, María de Guadalupe no sólo prefigura al primer latinoamericano, sino que extiende su mensaje a través de los siglos y los pueblos.

En la primera entrega, el doctor Rodrigo Guerra reflexionaba sobre la trascendencia del acto de consagración de la región a María de Guadalupe a raíz de la pandemia de COVID que se ha extendido por el mundo. Para valorar mejor este acto devocional, recorre la historia del hecho guadalupano desde su origen.
Segunda entrega

San Juan Diego, el primer latinoamericano

San Juan Diego tiene en todo esto un papel crucial. Él se ha bautizado pocos años antes de la aparición. Es un indígena de origen chichimeca nacido en Cuautitlán, que vivió al interior de la cosmovisión náhuatl, y sólo posteriormente, descubrió el valor del evangelio. Sin embargo, su fe, como la de todos, necesitaba ser purificada. Y la purificación le viene a través de una experiencia de lo que hoy llamaríamos “discipulado-misionero”. María le hace una gran encomienda para la que él se descubre totalmente incapaz. Sin embargo, Ella no lo deja solo en su “vocación”.[7] Lo consuela a cada paso y lo corrige con amor. En el momento decisivo, cuando Juan Diego requiere atender a su tío Juan Bernardino que se encuentra enfermo, cuando intenta hacer el bien, pero por su propia cuenta, siguiendo su personal proyecto, Ella nuevamente le sale al paso y sin reproche alguno le dirige unas palabras que penetran hasta lo más profundo de su corazón:

Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá, ten por cierto que ya está bueno.[8]

Con estas palabras, María le muestra a Juan Diego, que los propios planes, aún legítimos, no son los más decisivos. Hay un camino basado en la entrega confiada, que, si él lo transita, le permitirá encontrar no solamente la salud para su tío sino la plenitud de vida que su corazón aguarda. Este camino es más docilidad a una presencia que reflexión estratégica sobre lo que hay que hacer. Es el camino marcado por el “sí” a María que conduce a la liberación que Jesús regala. En otras palabras, Juan Diego, gracias al encuentro con María, descubre que el plan de Dios es echar mano de su pequeñez, de su pobreza y de su incapacidad, para sorprender a quienes se perciben grandes, poderosos y triunfantes. Esto quiere decir que ¡María de Guadalupe y Juan Diego le dan la vuelta a la concepción española basada en el afán de conquista o de cruzada! Y de esta manera instalan el germen de una racionalidad inclusiva, solidaria y con opción por los pobres al interior de la nueva cultura emergente.

Todo será distinto a partir de aquí. La Virgen mestiza opera un mestizaje en el interior de Juan Diego en el que su cosmovisión interior queda como reformulada abrazando lo mejor de la cultura prehispánica y lo esencial cristiano que se incultura. Juan Diego, así, emerge como el primer miembro de una nueva síntesis religiosa, cultural y popular. Juan Diego, es en cierto sentido, el primer latinoamericano.

¿Qué quiero decir con esta última expresión? Que Juan Diego es el primer mestizo aun cuando étnicamente era indígena. Y que su persona es también profecía para nuestros pueblos: a través de él, la periferia anuncia una buena noticia al centro. Los pobres y marginales se tornan sujetos activos de discipulado y misión. El rostro laical de la Iglesia sorprende a las grandes figuras eclesiásticas mostrándoles una pedagogía superior basada no en el combate sino en la inculturación. Es como si Juan Diego avanzara por un sendero sinodal en el que no hay miedo al mestizaje, pero no por un mero afán de hibridación sino porque Dios mismo, con su Encarnación, ha marcado la ruta de acogida de todo lo humano por diverso que sea. Juan Diego en su carne verifica la existencia de un Dios que dignifica a los últimos y vencidos e invita a una nueva vida que es abandono del pecado –del pecado indígena y español– y que funge como signo y promesa de la liberación integral que es preciso reproponer en cada generación subsecuente.

María de Guadalupe: Patrona universal

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII sucedieron sesenta epidemias y hambrunas en territorio mexicano. Son incontables si ampliamos la mirada a toda América Latina. A la viruela, siguió el sarampión, la difteria, las paperas, el tifo y la fiebre amarilla.

Sin embargo, un caso es importante para los fines de la presente exposición. A finales de agosto de 1736 los trabajadores de un obraje en Tacuba comenzaron a sentir escalofríos, ardor en las entrañas, dolor de sienes, flujo de sangre por la nariz e ictericia. Al quinto o sexto día de vivir estos síntomas, morían. La enfermedad se extendió rápidamente. Al parecer era una combinación de hepatitis epidérmica con tifo.[9] A los dos meses, la epidemia alcanza la Ciudad de México y ahí adquiere dimensiones enormes. El gobierno no sabe bien qué hacer. Nombra a un comité de médicos expertos para atender la contingencia. Encienden fogatas en las esquinas y disparan salvas de artillería para “limpiar el aire” (lo que provocó mayor contaminación). La farmacoterapia tampoco fue muy exitosa. Se recomendaba a los enfermos tomar pulque, tés, colocarse emplastos y hacerse sangrías y purgas, lo que no solo no los curaba, sino que aceleraba los procesos de muerte.

Así las cosas, ante el fracaso de las políticas sanitarias de la época, el único consuelo provenía de la oración. Se hicieron novenarios y procesiones a la Virgen de Loreto y a la Virgen de los Remedios, sin ningún éxito. Al aumentar la desesperación, se invoca la protección de siete advocaciones juntas: el escudo de la Sangre de Cristo, san José, el Arcángel Rafael, san Sebastián, san Roque, san Cristóbal y san Francisco Javier, pero la epidemia prosiguió su curso: 70 mil muertos en la capital y 200 mil en toda la Colonia, según los registros.[10] Las cadenas productivas se fracturaron, la producción de plata disminuyó y el tributo al gobierno también. De este modo, la economía colapsó y comenzó el hambre. El Cabildo quebró lo que causó que los servicios más elementales se suspendieran. El abasto de alimentos, combustible y agua entró en crisis por lo que la criminalidad se disparó.

En estas condiciones, llegó el año de 1737 y una sequía aumentó las fiebres y la desesperación. La Ciudad de México y algunas otras poblaciones vivían en una suerte de aturdimiento. La energía psíquica de la población ingresó en un camino depresivo difícil de recomponer. Es entonces cuando el pueblo vuelve sus ojos hacia Santa María de Guadalupe, “Madre del verdadero Dios por Quien se vive”. Se realizan varias novenas, y al finalizarse, el canónigo Bartolomé Phelipe de Ita y Parra, pronuncia un célebre sermón que propone nombrar a la Virgen de Guadalupe como Patrona universal de todo el reino.[11]

El 11 de febrero de 1737 el Cabildo de la ciudad define que dado el desastre no hay otro remedio que “abrigarse bajo el celestial escudo de María de Guadalupe”.[12] Una comisión hace la petición al Arzobispo de la Ciudad de México y el 27 de abril de 1737 se organiza la solemne jura. A partir de ese momento, lo imposible sucede. Un hecho empírico se impone: México se transforma rápidamente. La depresión colectiva se modifica en júbilo extremo. Las campanas resuenan, comienza a llover… la infección cede. En los meses subsiguientes, lo mismo sucede en Puebla, Valladolid, Oaxaca, Querétaro, Toluca, Guanajuato, Zamora, Aguascalientes, Guadalajara, y aún en Guatemala. Las congregaciones religiosas hacen actos de jura, propios. Y los milagros comienzan a reportarse: curaciones aquí y allá. En poco tiempo, todo el Reino y sus diócesis más remotas se unieron para “hacer una alma y corazón de todo el de la Nueva España”.[13]

Hasta dónde se sabe, “era la primera vez que se daba un fenómeno social de tal envergadura”.[14] Indígenas, criollos y mestizos agradecieron el Patronazgo de María de Guadalupe quien fortaleció la identidad, la solidaridad y el sentido de vida de todos. Una sociedad virreinal aún fracturada por diferencias étnicas, económicas y sociales, se fortaleció al vivir más conscientemente al interior de un vínculo religioso y cultural que apareció como aglutinador y reconciliador. Los efectos religiosos, sociales y políticos de este hecho, se verán 70 años después en el movimiento independentista y en tantas manifestaciones de religiosidad popular que se multiplicaron por toda la Nueva España.

[7] Cf. C. Anderson-E. Chávez, Nuestra Señora de Guadalupe, Grijalbo, México 2010, Cap. VIII.

[8] Nican Mopohua, n.n. 118-120.

[9] Cf. E. Malvido, “Cronología de epidemias y crisis agrícolas en la época colonial” en E. Florescano y E. Malvido (comp.), Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, Instituto Mexicano del Seguro Social, México 1982.

[10] Cf. A. R. Valero, Santa María de Guadalupe a la luz de la historia, BAC, Madrid-México 2014, p.p. 100-106.

[11] Cf. D. A. Brading, Siete sermones guadalupanos (1709-1765), CEHMC, México 1994, p. 36.

[12] C. de Cabrera y Quintero, Escudo de armas de México, IMSS, México 1981, p. 175, citado en A. R. Valero, op. cit., p. 106.

[13] Ibid, p.p. 492-496.

[14] A. R. Valero, op. cit., p. 107.


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