Lo que el coronavirus nos enseña

No somos inmortales

Hacer un alto en las actividades cotidianas nos ayuda a redescubrirnos a nosotros mismos, a nuestra familia y reconocer que somos limitados.

Fragilidad. La pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia, abruptamente, nuestra fragilidad. Como personas, como sociedad e incluso como civilización somos frágiles. No sólo se trata de la precariedad de la salud, de los servicios médicos, de la economía mundial; es el pánico, el miedo, las compras histéricas y obsesivas, la barahúnda de información incierta, la muerte. Felizmente, por lo menos, la tasa de mortandad del coronavirus es baja, ¿cómo habría sido el escenario con alguna otra mutación viral más letal?

Una fragilidad patente, de la que no podemos escapar. No es como el ébola, endémico de zonas africanas deprimidas. No, el COVID-19 afectó primero a los poderosos: China, Italia. No perdonó al hombre blanco, más bien le obligó a encerrarse, prohibiéndosele salir de su país, sin importar que formara parte del G-7. “Poderoso caballero es don dinero” y, sin embargo, no les tembló la mano a los poderosos para tomar medidas económicas catastróficas como cerrar la frontera norteamericana a los vuelos provenientes de Europa. No perdonó a estrellas como Tom Hanks, primeras damas, como Begoña Gómez y Sophie Gregoire Trudeau, y dio un buen susto a presidentes, como Jair Bolsonaro. El mensaje es claro: la condición humana es frágil.

¿Qué podemos aprender de esta crisis? “El arte de la fragilidad”, es decir, recordar algo que preferíamos ignorar, olvidar o simplemente considerar superado: que no somos inmortales y omnipotentes, sino seres precarios, que podemos contraer accidentalmente una infección por compartir el mismo vagón de metro con un enfermo, y eso nos puede enviar a la tumba. O, si somos más finos, la misma business class en un vuelo intercontinental con un contagiado, y ello podría ser causal de fin de vida. No está de más recordarlo, precisamente en la época de “Homo Deus”, del “transhumanismo”; cuando el proyecto Singularity nos promete inmortalidad en un futuro cercano, un virus surgido en un remoto rincón de China nos devuelve abruptamente a nuestra realidad, a nuestra precariedad como personas y como especie.

¿Cuál es el arte de la fragilidad? Aprender a vivir sabiéndolo, aprender a ser felices a pesar de no tener el control absoluto de nuestros destinos, aprender a confiar en Dios, aprender a disfrutar de la vida, porque no la tenemos garantizada, aprender a no ser controladores, aprender a valorar lo que realmente merece la pena, como es la propia familia. Esto último podría ser una “especialidad” dentro de la “asignatura de la fragilidad”. En efecto, el coronavirus nos ha tirado, como a san Pablo, del caballo. En nuestro caso ese caballo es la “actividad frenética”, el activismo, el tiempo que es dinero, el culto a la eficacia. De pronto, todo se para. La sociedad entera, los eventos multitudinarios, los negocios, la vida académica. Todo por una realidad pequeñísima, perceptible a través de un microscopio electrónico.

En muchos lugares el problema es ¿cómo llenar las horas muertas? ¿Qué hacer en mi hogar? ¿Cómo vivir sin mil pendientes, reuniones, desplazamientos? Y los que estábamos siempre mirando hacia adelante o la pantalla de nuestro iPhone, debemos, por una vez, mirarnos de nuevo al rostro y conversar, leer o rezar. Quizá podamos volver a conocer a las personas con las que ya vivíamos, quizá podemos aprender nuevamente lo que es una familia, un matrimonio, unos hijos. O por lo menos, redescubrirlos en una nueva faceta, la del hogar, cuando lo único prohibido es salir de casa. O volver a rezar después de mucho tiempo, al palpar la banalidad de nuestra presunta autosuficiencia, mirando así, nuevamente, a Dios.

Podemos, en suma, descubrir que lo que parecía muy importante, quizá no lo era tanto; que lo que nos agobiaba o angustiaba, puede esperar; que en realidad sí podemos vivir y, si somos alumnos aventajados, ser felices, prescindiendo de muchas realidades consideradas fundamentales en tiempos de bonanza. En fin, las crisis nos ayudan a conocernos a nosotros mismos en una nueva faceta, y a ver de un modo nuevo nuestro entorno, la realidad que nos circunda, modificando quizá nuestra escala de valores. No pudimos eludir el coronavirus, esperemos que pronto podamos conjurar su peligro como personas, como sociedad, como civilización; pero también que aprendamos de las lecciones que nos da la vida y tengamos de ella una visión más sabia y menos superficial, por haber superado con éxito esta asignatura.

 

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