Sábado Santo

Durante el sábado santo de semana santa, la Iglesia Católica guarda un gran silencio y respeto en conmemoración a la muerte de Dios y la desgracia que representó esto y hoy en día pareciera que vivimos en un eterno sábado santo.

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Cada año los cristianos celebramos la Semana Santa, recordando y volviendo a hacer presentes, en cierta forma misteriosa pero real, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, los eventos que nos abrieron las puertas de la vida eterna. En medio de esas jornadas se encuentra un día “alitúrgico”, el Sábado Santo, anteriormente llamado “Sábado de Gloria”, que ha recuperado su carácter penitencial y de ayuno.

En el Sábado Santo no hay propiamente liturgia, es decir, el oficio de adoración y alabanza a Dios. La Iglesia enmudece mientras contempla, pasmada, el Cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro. La Iglesia calla y contempla, asombrada, el precio de nuestros pecados y la generosidad de Dios. El Sábado Santo con su silencio transmite un mensaje elocuente, cargado de simbolismo y significación para el hombre de hoy: podríamos decir que el mundo en general y la Iglesia en particular experimentan ahora un enorme e impresionante Sábado Santo.

En la liturgia de las horas, oración que todos los sacerdotes rezan habitualmente, el Sábado Santo se lee una antigua homilía, donde dice: “Un gran silencio envuelve la Tierra; un gran silencio y una gran soledad”. En efecto, es el día del silencio de Dios por excelencia. Enmudece la divinidad ante la magnitud de lo que hemos hecho los hombres: hemos matado a Dios y nos quedamos como si nada, como bien observó Nietzsche. Pero ello nos deja abrumadoramente solos en un inmenso universo. Si anteriormente Dios hablaba al hombre con milagros y revelaciones, finalmente nos habló con su Hijo; lo hemos asesinado y ahora calla. Pero ese silencio parece prolongarse por los siglos y hacerse más agudo en una época como la nuestra, época del silencio de Dios.

El hombre intenta ahogar ese silencio con una febril actividad, buscando ocupar el lugar de Dios, redimirse, salvarse a sí mismo, hacerse, en definitiva, dios, como agudamente observa Juval Noah Harari. Pero ese dios es un ídolo fatuo y desesperado, arrojado en un universo frío y carente de sentido, angustiado por la premura de crear significado donde no lo hay. Los sucedáneos de la auténtica salvación, la nueva religión se podría decir, son el progreso y la ciencia. Pero siendo ricos valores humanos, fracasan estrepitosamente a la hora de dotar de sentido a un universo carente de él. Incluso las promesas utópicas de convertirnos en a-mortales gracias a los avances científicos, aparecen finalmente como una maldición, como forma de prolongar indefinidamente la agonía del vacío y la soledad en el universo.

Quisiéramos que Dios hablara, se manifestara, querríamos tocarlo. Pero ya se manifestó de forma definitiva en su Hijo, y lo matamos. Ya pronunció su Palabra, y no lo escuchamos. Ahora debemos descubrirlo en su silencio. La oración arriba mencionada recuerda lo que confesamos los domingos en el Credo: “descendió a los infiernos”, bajó a encontrarse con Adán y los justos que ya habían muerto, para que, al contacto con su Alma, quedaran redimidos y llevarlos al Cielo. En esa oración se entabla un diálogo, donde Cristo toma de la mano a Adán y, levantándolo, le dice: “Despierta, tú que duermes, levántate”. Jesús levanta siempre al hombre de su postración.

Ahora también quiere levantarnos con su silencio. Pero nos pide fe. Silencio de Dios ante tanto sufrimiento, tantas injusticias, tanta prepotencia del poder, tanta muerte. Silencio de Dios ante esa masacre silenciosa de los abortos, ante esa disolución social de la familia, ante la pérdida de sentido y valor de la vida en la eutanasia, ante el orgullo humano que manipula las fuentes de la vida tratándolas como si fueran un insumo de producción, o mercancía de mercado. Silencio ante las guerras, las injusticias y la muerte. Silencio en la Iglesia, que ya no puede hablar para defender a los débiles, pues deja de ser “luz de las naciones” al ser opacada por los escándalos que la despojan de credibilidad, siendo la pedofilia el más oscuro de ellos. Clamamos y Dios parece callar, de forma que nos sentimos solos en el universo, abandonados a nuestra suerte.

Protagonista silenciosa del Sábado Santo es María. Sólo ella mantiene la fe ante el escándalo de Cristo muerto y sepultado. Sólo ella cree y espera, y mantiene encendida la vela del amor a Jesús. Hay que dejarnos tomar de su mano, para que ella nos lleve a Jesús y, cada hombre en particular y la Iglesia en su conjunto, pueda levantarse de nuevo, en el albor definitivo de la resurrección, embriaguez de luz y de sentido.

 

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