¿Qué es lo más difícil de ser sacerdote?

Con frecuencia me han formulado esta pregunta. Quizá la gente espera una respuesta del estilo “el celibato”, “la obediencia”; otros, con mayor profundidad podrían suponer: “la soledad”, “el que hay cosas duras que te tienes que guardar para ti y con nadie las puedes compartir”, “el ser testigo de la fragilidad humana, de la corrupción humana, de la maldad del corazón humano.” En el fondo, desde un punto de vista, el “tener vocación de cloaca: uno es receptor de todas las cosas malas, inmundas, y lo peor es que tiene el deber de sonreír.” Es verdad que supone un desafío atractivo y no pequeño transmitir esperanza a quien está sufriendo.

Todas estas razones son ciertas. No son, sin embargo, definitivas. Efectivamente, la vocación sacerdotal está mucho más allá de las capacidades humanas. Es patente que nos supera, que solos no podemos. Pero esta perspectiva olvida la otra cara de la moneda: no estamos solos, no somos nosotros quienes en soledad debemos “digerir” todas las cosas negativas. En realidad estamos con Cristo. La compañía, la seguridad, la certeza de estar con Jesús y ser sus instrumentos; la certeza de ser amados particularmente por Él, la convicción de que al final del día es Él quien lo hace todo y nosotros solo estorbamos lo menos posible, nos da el aliento para levantarnos nuevamente, volver a intentarlo, y sonreír, aunque a veces no sea sencillo.

Pero, personalmente, en varias ocasiones, y a pesar de esta última y consoladora consideración, sí que me he sentido impotente, absolutamente superado. Normalmente me sucede en los velorios: ante el fallecimiento de un ser querido. Siento que sobran las palabras, y sin embargo, algo tengo que decir. Y la prueba reina de esa insuficiencia llega cuando tengo que consolar a una madre que ha perdido a su hijo. Creo, sinceramente, que por lo menos para mí, es lo más difícil de ser sacerdote. Algo tengo que decir, y me siento impotente, con miedo incluso de que mi exhortación a confiar en Dios y mirar el cielo sea contraproducente, produzca una comprensible rabieta contra Dios, o un rechazo de “su amable voluntad.” En esos casos me siento desprotegido, y le digo a Jesús: “hazlo tú, yo, seguro, lo haré mal.”

No es que ignore toda la teología del dolor, la explicación cristiana del sufrimiento. Es que delante de ese dolor real e inmenso me parece “papel mojado”, casi obsceno el decírselo a la madre sufriente. Una hermosa teoría que estalla a pedazos ante la cruda realidad, no porque sea falsa, que no lo es, sino porque el dolor en esos extremos no entiende de razones, ni argumentos. Lo que se siente es tan fuerte que sobrepuja con creces la inteligencia, la voluntad, y cualquier otra dimensión humana.

Lo que sí tengo por cierto, sea cual sea la actitud que las personas tomen ante el sufrimiento, es que Dios no está lejos de ellas, ni de su situación. De alguna manera el Dios sufriente las acompaña, de alguna misteriosa forma se identifican con el Padre que ve sufrir a su Hijo en la Cruz para salvarnos; de alguna manera, si están bautizadas, son Cristo sufriente que ofrece su vida, su dolor, por la salvación de la humanidad. Si esas personas lo hacen de forma consciente y convierten su dolor en oración, han comenzado el camino de la curación, de la superación. Están aprendiendo la “ciencia más profunda”, la “Ciencia de la Cruz”, que en alquimia maravillosa convierte el dolor más terrible en la más tremenda manifestación de amor. Ese sufrimiento será fecundo y las identificará con Cristo. 

Pero esa ciencia solo la “aprenden” las almas santas. Y no todos somos santos; muchas veces tenemos que conformarnos con ser “pobres hombres” que confiamos en Dios, pero que, en nuestra mediocridad, a veces nos sentimos abrumados por los dolores y las penas de la vida: muerte, enfermedad, fracasos profesionales, morales o afectivos. Y es solo desde esa debilidad y desde esa imperfección, desde nos atrevemos a dirigir una mirada a Jesús, mirada desesperada, cargada de desconsuelo y tristeza, pero con un punto de esperanza; mirada como la del “Buen Ladrón”: “acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.” Mi única recomendación en esos tristes casos es no torturarse preguntando “¿por qué a mí?” Es una pregunta que no tiene respuesta y aumenta nuestro sufrimiento, obstaculizando el camino del consuelo, la aceptación y la paz. Mi único consejo ahí es no pensar, no hay respuesta en este mundo, lo entenderemos en el otro, ahora es el momento de mirar a Jesús en la Cruz como lo miraría su Madre al pie de ella.

 

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