Intelectual y ¿católico?

Pensar en cristiano es algo incierto, algo desconocido, algo que puede cambiar mucho entre cada persona por sus experiencias y conclusiones, no es algo exacto como cualquier otra ciencia.

Pensar en cristiano, no es como otra ciencia exacta, esto va más allá, se trata de adentrarse a un mundo donde cada quién crea su propia aventura.

No es un debate nuevo el desafío de cultivar un “pensamiento cristiano”. No es este el espacio para finiquitar una larga polémica. Pero vale la pena replantearlo y repensarlo de nuevo. Para algunos la cuestión está zanjada, pues equivale al “círculo cuadrado.” Si uno acepta que esto no es posible, que es contradictorio, que viola todas las leyes de la lógica, de igual manera deberá rechazar la legitimidad de pensar en cristiano. ¿Por qué? Porque uno cuando se embarca en la aventura del pensamiento se lanza hacia lo desconocido, mientras que el cristianismo parte de las conclusiones. Ya conoce el desenlace; es como si uno comienza la novela o la película por el final… Pero también hay buenos guiones, que comenzando por el final ofrecen una trama interesante. Así es el trazo que marca el pensamiento cristiano en la historia de la humanidad.

El presupuesto de esta aparente imposibilidad, de esta contradicción, como tantas otras veces, es una herencia de la Ilustración, del “¡atrévete a saber!” kantiano, que lleva a cuestionar los dogmas y las autoridades al estilo de Voltaire. Ello se agudiza marcadamente en la segunda mitad del siglo XX, cuando entran en crisis las ideologías fascista o comunista. Lo propio del intelectual es el pensamiento crítico, la duda. La actitud más auténtica viene a ser el agnosticismo, la entronización de la eterna duda que no me compromete con nadie. Quien se casa con alguien, con alguna idea, ha perdido independencia y originalidad, esconde quizá además oscuros intereses ajenos al pensamiento, pues se vuelve servil a una causa, por más noble que sea. Pensar por libre, la anhelada autonomía del intelectual, exige ausencia de compromisos en general y, particularmente, de los religiosos, pues descansan en dogmas que deben aceptarse como punto de partida. Es la sumisión del conocimiento, una especia de “islam intelectual.” Sencillamente no es posible, no es auténtico, no es atractivo.

¿Cómo sortear la aporía?, ¿cómo superar el escollo de Escila y Caribdis? Si soy auténtico intelectual cuestiono mi fe y no soy un buen creyente; si no la cuestiono, no soy un auténtico pensador, sino que copio unos clichés y unos procedimientos académicos que simulan el pensamiento, pero este no es independiente, está comprometido, no pudiendo salir de unos límites predeterminados. Lo contrario es caer en la transgresión, en la herejía y el abandono consecuente de la fe, para entregarse en los brazos de la auténtica intelectualidad agnóstica.

Una solución, quizá, consiste en realizar cierta “arqueología del pensamiento”, o “arqueología de la intelectualidad.” Algo tan sencillo como mirar más allá del horizonte planteado por la Ilustración y dogmatizado por el pensamiento crítico. Es preciso remontarnos más atrás para mirar a la institución que por primera vez quiso cultivar de forma ordenada toda la gama del saber. Unir y estructurar la totalidad del conocimiento, reunir todo el acervo del saber humano buscando ofrecer una visión armónica y unitaria del mismo. Es decir, mirar a la Universidad, institución que se fraguó en el crisol de la cristiandad medieval. Ciertamente, ya antes, la Academia Platónica realizó una función análoga, pero esa tradición intelectual se rompió; la universidad, en cambio, ha cultivado ininterrumpidamente el saber hasta nuestros días.

Contra lo que pudiera pensarse, el desarrollo del conocimiento en la universidad cristiana no era a base de un cerrado dogmatismo. Por el contrario, estaba institucionalizada y convenientemente estructurada la discusión abierta, más incluso que en la actualidad. ¿Por qué? Porque, de intento, se buscaba la interdisciplinariedad. En efecto, en el claustro universitario se compartían los conocimientos de los distintos saberes. La diferencia estriba, quizá, en la actitud y el punto de partida. La búsqueda de la unidad en el conocimiento producía una visión sapiencial, unificadora. Los pensadores, sin perder la profundidad en el propio campo, hacían dos esfuerzos complementarios que se perdieron con posterioridad: el empeño por expresarlo en términos comprensibles a quienes cultivan otras disciplinas, y el esfuerzo por no perder la visión de conjunto, ubicando su saber dentro de una totalidad armónica de conocimientos.

Así, mientras el intelectual heredero de la Ilustración busca cuestionarse, señalar las rupturas, indagar en las motivaciones oscuras del pensamiento, el pensador medieval buscaba la unidad superior del saber. Sabía que él no la alcanzaría solo, y por ello no entendía su labor aislada, como la de un guerrillero, sino como parte de un gran concierto, como miembro de un gran colegio, como parte de un gran proyecto al que él, simplemente, aporta lo más granado de su esfuerzo. Quizá debamos recuperar un poco algo de esa versión sinfónica del saber, de esa empresa unitaria del conocimiento, para recuperar la visión sapiencial, la visión de conjunto. Idolatrar el individualismo no es sano, romper los puentes peligrosos, máxime cuando el desequilibrio y la desproporción entre el poder técnico, el saber ético y el ejercicio político pueden terminar por destruir la humanidad.

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