Hacer grande lo pequeño. “Alegraos y regocijaos” (16)

La santidad se consigue poco a poco, día a día, con nuestra correspondencia en cada detalle a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.

1) Para saber

Cuando se está construyendo una gran edificación, es común que algunas personas observen cómo va creciendo poco a poco, ladrillo tras ladrillo, se levanta una y otra pared, hasta que llega a su fin. De modo similar, la santidad también se consigue poco a poco, día a día, con nuestra correspondencia en cada detalle a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.

El Papa Francisco nos recuerda que Jesús invitaba a sus discípulos a prestar atención a los pequeños detalles, como fijarse cuando de cien ovejas faltaba una, o cuando se acabó el vino en las fiestas de la boda, o cuando una viejecita echaba de limosna dos pequeñas monedas de ínfimo valor, y otros sucesos similares (Cfr. “Alegraos y regocijaos”, n. 144). Lo ordinario es que la vida esté compuesta por una serie de obras pequeñas y ahí hay que poner amor a Dios.

2) Para pensar

El alumno, según él, había terminado de pintar un cuadro. Llamó a su maestro para que lo evaluara. Se acercó el maestro y observó la obra con detenimiento. Entonces, le pidió al alumno la paleta y los pinceles. Con gran destreza dio unos cuantos trazos aquí y allá. Cuando le regresó las pinturas al alumno, el cuadro había cambiado notablemente. El alumno quedó asombrado; ante sus propios ojos había pasado de mediocre a sublime. Casi con reverencia le preguntó a su maestro: “¿Cómo es posible que con unos cuantos toques, simples detalles, haya cambiado tanto el cuadro?”

El maestro contestó: “Es que en esos pequeños detalles está el arte. Si lo vemos despacio, nos daremos cuenta que todo en la vida son detalles. Los grandes acontecimientos nos deslumbran tanto que a veces nos impiden ver esos pequeños milagros que nos rodean: Un ave que canta, una flor que se abre, el beso de un hijo, son ejemplos de pequeños detalles que al sumarse hacen diferente nuestra existencia. Todas las relaciones  familia, matrimonio, noviazgo o amistad  se basan en detalles. Nadie te pedirá que escales el Monte Everest para probar tu amistad, pero sí que lo visites durante unos minutos cuando está enfermo o le hables el día de su cumpleaños, o le regreses su llamada. Hay quienes se pasan el tiempo esperando una oportunidad para demostrar de forma heroica su amor por alguien, y dejan pasar muchas otras, modestas pero significativas. La felicidad no es un suceso majestuoso que nos cambia, sino que se finca en detalles que sazonan día a día nuestra existencia. No podemos desestimar el poder de las cosas pequeñas: una flor, una carta, una palmada en el hombro, una palabra de aliento o un mensaje. Pueden parecer poca cosa, pero no son insignificantes, son detalles que se convierten en el cemento que une los ladrillos de esa construcción que llamamos relación.

Pensemos si no estamos descuidando esos detalles en nuestra convivencia diaria.

3) Para vivir

Un santo que dio importancia a las cosas pequeñas fue San Josemaría. Predicaba que la santidad nos las otorga el Señor cuando ponemos amor de Dios en cada obra, por pequeña que sea. Por ello recomienda en Camino: “Hacedlo todo por Amor.  Así no hay cosas pequeñas: todo es grande.  La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo” (n. 813).

 

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