Cambiar el rostro de la cuaresma

El corazón humano es insaciable, la cuaresma nos recuerda que sólo Dios lo puede llenar, y nos invita a no conformarnos con menos.

La cuaresma cristiana tiene mala imagen. Necesita un marketing profesional. No es una locura -al contrario-, con frecuencia se escucha: “hoy comienza el Ramadán”, “celebramos el Año Nuevo Chino”, “es la Hanukkah judía”, etc. Quizá por vivir en una cultura cristiana a pesar de todo, nos informan de lo que ignoramos, no lo hacen de lo que supuestamente deberíamos saber. Sin embargo el proceso de secularización hace estragos, y de hecho son muy pocos los que conocen el significado de la cuaresma, quedando como remanente de lo que alguna vez se tuvo, la celebración del carnaval y una idea vaga, oscura y negativa de la cuaresma.

Dicha mala imagen cristaliza en expresiones peyorativas como “más largo que la cuaresma”, aludiendo a lo eternos que se tornan esos días, sobre todo si uno se toma en serio su carácter penitencial. Incluso el Papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium ha dicho: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”, dando a entender que los cristianos tristes ofrecen una pésima imagen de la fe. Hay que decir, en honor al catolicismo, que si la penitencia cuaresmal dura cuarenta días, la celebración pascual tiene cincuenta.

Ahora, bien mirada, la penitencia no tiene ningún cariz negativo. Más bien puede calificársele de realista, positiva y esperanzadora. Por eso propongo hacer una metamorfosis de la cuaresma: mantener su espíritu y su identidad penitencial, pero despojándola de su carácter serio, triste y dramático. ¿Cómo es posible eso?, ¿no se trata de una falsificación, de un engaño? En realidad no. Quizá la clave pueda ser una idea atribuida a san Ambrosio: “Dios creó a los ángeles y se arrepintió. Después creó al hombre y descansó, teniendo alguien a quien podía perdonar” (los ángeles son tan perfectos que una vez han elegido no pueden cambiar). A Dios le gusta perdonar; para el hombre es una alegría saberse perdonado y rectificar. Es muestra de pocas luces mentales, de poseer carácter necio y cerril, ser incapaz de rectificar. Cambiar es maravilloso siempre que sea para bien, y de eso se trata la cuaresma, por eso resulta una conmemoración feliz. 

En el fondo la penitencia supone la perenne capacidad de mejorar, la realidad de que nunca se cierra la puerta del cambio, el hecho de que siempre se puede rectificar. Va contra cualquier atisbo de pesimismo, pues no importa lo que haya sucedido, siempre podemos mirar al futuro con esperanza, descubrir que somos capaces de algo mejor. La cuaresma significa entonces la posibilidad de no resignarse con la derrota, o darnos cuenta en todo caso de que un eventual fracaso no tiene por qué ser la derrota definitiva, y que siempre podemos aprender de nuestros errores. 

De esa forma, si se interioriza convenientemente, el espíritu cuaresmal nos hace inasequibles al desaliento, pues nunca la suerte está echada. Al mismo tiempo, por contrapartida, nos vacuna contra la presunción, pues por más cosas buenas que hayamos hecho, nada nos asegura que las seguiremos realizando. Es, en definitiva, el realismo y la aventura de una existencia humana auténticamente libre por una parte, pero confiada por otra, que sabe vivir la sublime oración de San Agustín: “Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia”. 

Nos queda a los cristianos la bella labor de mostrar con nuestra vida el rostro amable de la cuaresma, la alegría de la conversión, el lado positivo de la penitencia, como reconocimiento de que estamos hechos para algo más grande. El corazón humano es insaciable, la cuaresma nos recuerda que sólo Dios lo puede llenar, y nos invita a no conformarnos con menos, a no cortar las alas de nuestro espíritu, a no empequeñecer los horizontes de la existencia. Así mirada, la cuaresma, por más penitencia que pueda suponer, se puede saborear. Sacrificio y renuncia que no es enfermizo, nocivo, sino que agranda la capacidad del corazón humano, liberándolo de la triste servidumbre de los vicios, sabiéndose sostenido en tan maravillosa tarea por el soplo de la gracia divina y la oración de la Iglesia, que en la Semana Santa “parece que se pone de rodillas” en expresión de san Josemaría. Nada engrandece tanto al hombre como ponerse de rodillas y pedir perdón a Dios, nada enamora tanto a Dios como esta actitud del hombre.

 

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