El Paraíso no es un jardín encantado

“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación”

1)   Para saber

En este año, el Papa Francisco ha tomado el tema de la esperanza para sus reflexiones. Y para concluir este ciclo, decidió hablar sobre el Paraíso, como meta de nuestra esperanza.

«Paraíso» es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, y las dirigió al buen ladrón. 

El Pontífice explicó que “el Paraíso no es un lugar como en las fábulas, ni mucho menos un jardín encantado. El Paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que ha muerto en la cruz por nosotros”, ahí no tendremos más necesidad de nada, ni lloraremos más.

2) Para pensar

Cuando san Juan Bosco era joven sacerdote, un día fue a visitar al apóstol más famoso de su ciudad, que era san Benito Cottolengo, y le preguntó: “Padre, ¿qué consejo debo darles a quienes vienen a contarme que están atormentados de penas y sufrimientos?”

Y el venerable anciano, abriendo la ventana de su habitación y señalándole el cielo azul, le dijo: “Hábleles del cielo. No olvide que un pedacito de cielo arregla muchas dificultades”.

San Juan Bosco le hizo caso y en adelante a toda persona que le venía a contar terribles angustias le hablaba con entusiasmo del Paraíso Eterno que nos espera al final de nuestra existencia terrenal.

3) Para vivir

La única vez que la palabra “Paraíso” aparece en los evangelios es cuando se lo promete al ladrón que tuvo la valentía de dirigirle el más humilde de los pedidos: «Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino» (Lc 23,42). No tenía obras de bien, no tenía nada, sino se encomienda a Jesús. Fue suficiente esta palabra de humilde arrepentimiento para “robarse” el Cielo.

El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición ante Dios: que nos presentaremos con las manos vacías y descubriremos que las faltas superan las obras de bien. Pero, no obstante, somos sus hijos y Él siente compasión por nosotros. No existe una persona, por cuanto haya vivido mal, al que le sea prohibida la gracia. Por ello no cabe el desánimo, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto nos da esperanza, esto nos abre el corazón!

Dios es Padre y espera hasta el último nuestro regreso. Al hijo prodigo que ha regresado, que comienza a confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (Cfr. Lc 15,20). ¡Este es Dios: así nos ama! Así la muerte deja de darnos miedo. Quien ha conocido a Jesús, no ha de temer nada, ni la muerte misma. 

A la hora de la muerte, el cristiano repite serenamente y con confianza a Jesús: “Acuérdate de mí”. Y aunque no haya nadie que nos recuerde, Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más bello que existe. Quiere llevarnos allá con lo poco o mucho de bien que existe en nuestra vida. Es esta la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en el amor.

Y podremos repetir las palabras del viejo Simeón, también él bendecido por el encuentro con Cristo, después de una entera vida consumida en la espera: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación» (Lc 2,29-30).

 

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