Arte y responsabilidad

No es exagerado afirmar que la fe ha inspirado los monumentos artísticos y culturales más grandes de la humanidad. Tal dependencia, lejos de empobrecer al arte, lo llevó a su clímax.

En 1935 llega al cenit de su carrera de cineasta con apenas 33 años. Ha realizado uno de los documentales propagandísticos más aclamados de la historia. Aún hoy se reconoce con asombro la calidad de “El triunfo de la voluntad”, considerado “el documental político artístico mejor consumado en la historia del cine”. La magna obra, sin embargo, tiene un pecado de origen, que a su vez marcará prematuramente el destino de la directora: en su triunfo está su tumba, pues se trata de propaganda del nazismo. La joven directora no tenía la clarividencia necesaria para augurar la corta vida de ese sistema políticamente inhumano. El mundo cinematográfico jamás perdono a Leni Riefenstahl este pecado, y prematuramente culminó la carrera cinematográfica de una mujer talentosa que a la postre viviría 101 años.

Leni con su “Triunfo de la voluntad”, puede considerarse un buen ejemplo de cómo el arte, como toda actividad auténticamente humana, es decir, libre, no puede considerarse eximido de su carácter moral. Muchas veces se presenta al arte como exento de esta dimensión, en aras de la creatividad, de la libertad de expresión. Pero ello, lejos de ser un privilegio si fuera verdad, sería en realidad un insulto, pues la dimensión ética es, precisamente, consecuencia de la libertad: somos responsables de lo que libremente hacemos. En dicha obra se observa con claridad el efecto del arte, en ese caso, enardecer a un pueblo en su nacionalismo, exaltar el patriotismo, presentar a Hitler como figura mesiánica, liberadora del espíritu alemán. Motivación necesaria para empujar después a un gran pueblo en una funesta guerra. El arte, como todo acto libre, tiene consecuencias. Exige una responsabilidad, no escapa de la esfera moral, al contrario, pues  confiere una perfección y un eco a la obra que trascienden el tiempo y el espacio. Arte auténtico puede tener funestas consecuencias.

No es el único caso. Sería también ingenuo pensar en una asepsia ideológica de la obra artística. Como dice el refrán popular, “no puede negarse la cruz de la parroquia”. Muchas veces el arte ha estado influenciado, cuando no sometido, a una ideología. Es el caso, bastante conocido, del arte comunista, supeditado totalmente a criterios extra-artísticos. En ocasiones esa servidumbre puede ser odiosa y matar en su origen la creatividad artística, confiriéndole necesariamente a la obra resultante, un carácter mediocre. Pero no siempre el estar influenciado por una idea empobrece al arte, muchas veces tal idea se muestra una fecunda fuente de inspiración. De hecho, entre más verdadera y buena sea esa idea, se vuelve más apta para expresar la belleza. No en vano, un volumen considerable de la creación artística de la humanidad, probablemente el más consistente, se ha inspirado en el cristianismo.

A veces la servidumbre de la obra artística respecto al espíritu religioso es patente, pero ello, lejos de empobrecer a la obra, le otorga un mayor alcance, como un atajo a la inmortalidad. La Divina Comedia de Dante, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, la música de Bach y Mozart, no permiten exagerar o considerar triunfalista tal afirmación. Otras veces la sumisión no es tan evidente, pero la presencia de ese espíritu es patente, como sucede en todo el Siglo de Oro Español o en su contraparte británica en Shakespeare. No es exagerado afirmar que la fe ha inspirado los monumentos artísticos y culturales más grandes de la humanidad. Tal dependencia, lejos de empobrecer al arte, lo llevó a su clímax.

Por eso debemos reflexionar sobre las consecuencias del arte. Cuando el arte, lejos de inspirarse en la religión la parodia, ha dado un paso en falso. Ya no es una dependencia creativa, sino la carencia de creatividad la que orilla a tal extremo. A su vez, el artista no debe apelar a la supuesta “inmunidad moral del arte”, pues no existe tal. Su obra tiene consecuencias. Cuando hiere los sentimientos de un pueblo, es responsable de esa ofensa. Poco importa que no haya sido su intención ofender, sino expresar una idea. Es lo que parece suceder con la polémica obra “Sincretismo” de Ismael Vargas. Aunque no dudamos de la sinceridad de sus intenciones, las cuales ha reconocido incluso el cardenal de Guadalajara, el hecho es que ofenden al sentido religioso de la población. Pienso que por ello debería retirar su trabajo, pues no hacerlo implica que no respeta al pueblo que diariamente tiene que soportar lo que considera un agravio. No pensamos que el artista quiera menospreciar el sentir de su pueblo.

 

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