Acabar con la discriminación

La ideología de género, más que terminar con la discriminación injusta de una minoría, ha conducido a la discriminación, más injusta aún, de la inmensa mayoría.

Pienso que todos nosotros, como sociedad desarrollada que aspiramos a ser, queremos acabar con cualquier forma de discriminación. De hecho, ese has sido el caballo de batalla, por ejemplo, de todo el movimiento gay y lo que justificaría en la práctica la implantación de la ideología de género, como panacea que resuelva de raíz cualquier forma de discriminación. Sin embargo, como cualquier ideología, parece ser muy teórica y distante de la realidad; de hecho, más que terminar con la discriminación injusta de una minoría, parece que ha conducido a la discriminación, más injusta aún, de la inmensa mayoría.

En efecto, para implantar la ideología de género se han tenido que limitar drásticamente libertades básicas, reconocidas por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como lo son la libertad de expresión, el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones, la libertad religiosa y, aunque no forma parte de esta declaración, pero está dentro de su espíritu, la libertad de investigación. Todo está sometido, al más puro estilo totalitario, que nada tiene que envidiar a sus predecesores -el comunismo y el nazismo-, a la ideología. Es un coro donde sólo se admite una única voz, cualquier disidencia es duramente fustigada.

Para muestra un botón, aunque los ejemplos son variadísimos y se repiten a lo largo de casi todo el planeta. El caso de España es paradigmático: mientras se realiza en el contexto del carnaval una representación blasfema que ofende los sentimientos religiosos de la mayoría de los españoles, al representar un transexual a la Virgen que se convierte en Jesús, permitiéndose tamaño agravio, archivándose la justa demanda, alegando que no tenía la intención de ofender, se prohíbe en cambio la circulación del autobús con una leyenda equivalente a “dos más dos son cuatro”, afirmando que “incita a la violencia”, por tener como lema: “los niños tienen pene, las niñas tienen vulva, que no te engañen”; es decir, por afirmar lo obvio. Pero en un estado totalitario lo obvio no se puede afirmar. Al mismo tiempo, era obvio el carácter ofensivo de la representación Drag Queen del Carnaval de Canarias, pero como los derechos y la igualdad en un estado totalitario son sólo de quienes comulgan con tales principios totalitarios, no hay problema. Algo dolorosamente análogo sucedió en Tucumán, Argentina, donde se parodió delante de la catedral (seguramente también sin la intención de ofender) un aborto de la Virgen, la Virgen abortando a Jesús.

Todo ello nos muestra que, si queremos acabar con la discriminación, más que mirar a los gays, bisexuales, transexuales, etcétera, a los cuales nadie les hace nada, siendo muchas veces víctimas entre ellos por celos y crímenes pasionales (por ejemplo, el que perpetró el atentado a la disco gay de Orlando era un gay, cliente habitual de la misma), deberíamos mirar a los que efectivamente están siendo discriminados, esto es, a los cristianos. En efecto, en occidente se permite cualquier forma de burla hacia los símbolos religiosos sin que nadie haga nada, muchas veces se excluye a personas religiosas de puestos públicos por el sólo hecho de serlo, mientras que se otorgan reconocimientos a homosexuales por el solo hecho de serlo, independientemente de que efectivamente lo merezcan. En África y Oriente la discriminación es claramente violenta: se calcula que en 2016 murieron 90 mil cristianos por odio a la fe, ¿quién es el discriminado?, ¿cuántos gays murieron por ser gays?,  y de ellos ¿cuántos fueron víctimas de otros gays?

Cuando con la excusa de acabar con la intolerancia y la discriminación se otorga un trato preferencial a un grupo social, y cuando escandalosamente se cierran los ojos a la más brutal persecución y discriminación, tenemos la más clara encarnación de la ideología. La realidad palpable, patente, evidente, no cuenta nada. Lo que importa es una dudosa teoría que busca imponerse a cualquier costo. Por ello, si queremos terminar con la discriminación y la intolerancia, volvamos los ojos a la realidad, miremos quienes son los real y efectivamente discriminados, descubriendo con asombro que constituyen, dolorosamente, la inmensa mayoría de la población. Pongamos los medios para evitarlo y no nos dejemos engañar por quienes se hacen pasar por víctimas, cuando en realidad su discurso es violento, ofensivo y discriminatorio. El Drag Queen de Canarias y la parodia de Tucumán, no dejan mentir.

@voxfides

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